Existe una zona oscura en el alma
en la cual albergamos nuestros desconciertos y nuestras renuncias.
Todos sabemos de ese baul antiguo donde guardamos los aparejos
que acompañaron el fracaso de nuestros combates.
Existe.
Necrópolis sagrada de nuestras penitencias,
suburbio del corazón,
tierra de nadie donde quedaron derogados nuestros sueños.
Existen también los reproches y los arrepentimientos,
monstruos voraces siempre en vela,
fieles escuderos de nuestros pasos por los pasadizos tenebrosos de la memoria.
Me pregunto si existe también un lugar en nuestros adentros
en el que reposar tanta noche turbia y tantos desconsuelos.
Me pregunto si es posible resucitar de entre las garras del lado oscuro,
si es posible encontrar regazo o, en el límite de nuestras fuerzas, hallar consuelo.
Creo,
-y no tengo excesivos motivos-
que después de batirnos en tantos duelos solitarios, alguien tomará el relevo.
Quizá un día lleguemos a descubrir
-atónitos-
que valió la pena









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