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No existe camino para llegar a los adentros, una vez accedes las huellas se borran, no hay miguitas ni restos que indiquen el camino, no hay señales ni mapas. Cada visita a los adentros obliga a andar de nuevo los senderos.

Uno puede pensar que conoce sus adentros, y que sabe llegar a lo más profundo de ellos, que es dueño y señor de sus puertas, de sus candados, de sus grilletes y de sus llaves. Y eso es lo que quiere creer, aunque probablemente se equivoca.

Conocer los adentros de otros puede ser tarea imposible, suelen ser caminos llenos de hierbajos que obligan a errar en el sendero, o caminos llenos de espuma y laberintos que desengañan tras los primeros pasos. Pueden ser anchas avenidas que provocan temor en su apertura…

Los adentros son como mundos imposibles, como seres mitológicos, extraños, increíbles… Son como universos paralelos donde se vive todo aquello a lo que uno no se atreve, donde se mueren los sueños, donde nacen las promesas, donde se oculta el miedo…

Los adentros están plagados de rincones misteriosos, de curvas sinuosas, de blancos vuelos y de sirenas.

Cada mirada a los adentros es un viaje tremendo y lleno de dificultades y peligros. A menudo hay que aventurarse varias veces antes de encontrar la entrada, el hueco, la puerta…. Puedes perderlo todo en ese viaje. Puedes perderte a tí mismo. Sin embargo, en ocasiones, en el horizonte, puede divisarse un vuelo libre de gaviotas. Y entonces sabes que el viaje mereció la pena.

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