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Llegadas estas fechas, podrían suceder dos cosas:

1. Me dan unas necesarias (SOS) vacaciones

2. Me dan cita en el psiquiatra

Con muy buen criterio, a los profes nos dan vacaciones en diciembre. Llegamos a ellas sedientos, hambrientos de paz, descanso y horas solitarias sin niños alrededor, ni exámenes encima de la mesa, ni enfados y peleas de patio entre peques, ni reuniones de padres, ni claustros de profes, ni…

Llegamos, o al menos yo llego con un tercio de neuronas bajo mínimos, unas ojeras en máximos, una aceleración… (menos mal que no hay carnet por puntos que retirar a los maestros, que si no… mi exceso de velocidad y stress ya me había quitado todos los puntos habidos y por haber)

Llego a los apresuramientos y últimas horas de preparativos para la fiesta, las canciones, los amigos invisibles, los dibujos de navidad, los decorados, las actuaciones, los ensayos que sacan de quicio, los estrenos que emocionan a unos y a otros, y mi afán por fotografiar cada rostro, cada sonrisa.

Llego derrochando energías y cansancios, llego con la mirada ilusionada de los niños puesta en la navidad y cierto contagio de entusiasmo. Llego con la esperanza de unos días de descanso sin excesivo frio, sin lluvias, y a ser posible sin resbalones por las nevadas. Llego  con la cabeza dando vueltas y vueltas a las evaluaciones , y el apuro de recibir regalos suyos y de sus padres sólo por hacer algo que me encanta: mi trabajo.

Llego con una contractura, dolores de piernas, y un cansancio atroz que, no obstante cede de tanto en tanto para responder a las demandas de los peques. Si son lo primero, y lo son, yo debo estar siempre en segundo lugar, y mis cansancios por tanto no tienen derecho en estos días, ya habrá tiempo.

Llego con muletas, las muletas de ánimos y colaboraciones de algunas personas que ayudan a que todo sea más fácil.

Llego con la seguridad de que, a pesar de todo, echaré de menos mi cole durante las vacaciones.

Llego rota. Llego feliz de llegar.

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