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No creo en la única, soberana verdad.

Hace tiempo aprendí a coser las certezas con retales,

a pintar con efímeros graffitis los absolutos.

No creo en la única, soberana verdad.

Deja a su paso demasiados muertos,

muertos literales y metafóricos,

muertos de a poco y definitivamente muertos.

Por eso no creo.

No creo en la única, soberana verdad.

Elijo las verdades chiquitas,

las que brotan de los adentros,

las que enraizaron lentas y crecen despacio,

las que se abonan de dudas y requieren del jardinero

para no perderse entre la maleza ni los descuidos.

Me gustan las verdades que no se compran,

que no se venden,

que no pueden cambiarse por dólares,

por euros,

por sangre,

por desprecio.

Me gustan las verdades que se interrogan,

y las que se desmontan como un mecano.

Las que se vuelven infinitas en su fragilidad,

las que mueren sin aspavientos.

Me gustan las verdades que no necesitan balas

ni dardo en la palabra para nombrarse,

me gustan las que ni matan ni hieren.

Me gustan las verdades que crecen en silencio,

las que no necesitan del terror

ni el pensamiento único para afirmarse.

Me gustan las verdades que no atan la lengua ni los labios.

Las que no se insultan a sí mismas,

las que ni obligan ni convencen.

Me gustan las verdades chiquitas, esas que, simplemente, existen.

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