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Recibo con tristeza el adiós de José Saramago, por sus escritos maravillosos, pero también por su valor personal. Por esa dignidad que deja a su paso la  persona comprometida y verdadera, la que no miente con sus actos lo que han firmado sus letras o han afirmado sus palabras. Su coherencia, su voz como voz de los que no tienen voz…

No significa eso que comparta la totalidad de sus planteamientos, ni mucho menos. Pero admiro en él su valentía para posicionarse y el uso de la literatura para afirmarse.

No sé con cual de sus novelas he disfrutado más, pero sí sé cual me hirió más.

Eso, por sí solo, ya es mucho.

No es tarde, sus letras esperan.

La palabra no muere ni se deja morir.

El cuaderno de Saramago

descanse en paz

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