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Mirar a otro lado es una de esas cosas que ayudan a pasar el atragantamiento de los días, con todos sus alfileres, con su larga lista de desavenencias y contratiempos.

Mirar a otro lado es salvarse por unos instantes del desasosiego y la tristeza, de la angustia que provocan las injusticias, los miedos y esas otros acciones o sentimientos que se nos cruzan en la garganta y de las cuales no podemos defendernos gritando o esgrimiendo una espada.

Mirar a otro lado es una manera de poner tiritas al dolor, aún sabiendo que por el rabillo del ojo sigues estando a lo que finges no estar, sigues doliéndote de lo que finges no ver… Es así. Mirar a otro lado sólo sirve para suavizar lo inevitable, que en el fondo siempre es sufrir.

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