Un anciano japonés estaba sentado en el suelo, en la calle Arenal, pleno centro de Madrid, trenzando estas maravillas.
Hubiese debido estar rodeado de una multitud con los ojos fijos en sus manos, en su destreza, su paciencia y la belleza de las figuras que estaba construyendo… pero apenas unas cuantas personas se paraban a mirar.
No podía apartar los ojos de estas figuras maravillosas, trenzadas con juncos: saltamontes, ranas, serpientes, lagartos…
Mi hermana se dio cuenta enseguida, y me regaló una, esta que veis, y que pongo en remojo como me aconsejó el anciano japonés por gestos para que su belleza efímera dure un poquito más.
Es bella, y efímera, sí. Pero el sentimiento que produjo en mi, será mucho más permanente… Qué preciosidad

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